El enigmático hechizo de las 'Elegías de Duino' de Rilke

Reseña de Manuel Llorente para diario EL MUNDO -

Diario El Mundo
MANUEL LLORENTE
MADRID
Miércoles, 5 mayo 2021

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Una extraña lucidez, una visión espectral rodea las Elegías de Duino, uno de los libros de poesía más relevantes y enigmáticos del siglo XX. Diez años maduró Rainer Maria Rilke (1875-1926) aquella aventura desde que se le aparecieron los primeros versos que fueron la piedra angular de aquel caudal sin márgenes: "¿Quién, si yo gritara, me oiría de entre los ángeles?".

Una nueva edición del libro del poeta de Praga intenta arrojar claridad. Se trata de la edición de Pedro Tabernero, traducida por Christoph Ehlers, anotada por Antonio Lucas y Luis Antonio de Villena e ilustrada con imágenes de Pepe Yáñez. Las 10 elegías "van de lo humano a lo invisible, del espíritu a la tierra, del ascenso a la caída (...) Una lucha del hombre contra sus demonios que es un canto de integridad y una forma de regresar a la pureza después del desplazamiento por las habitaciones del daño", escribe Antonio Lucas.

El título del libro hace alusión al castillo de Duino, donde Rainer Maria Rilke vivía una mañana del invierno de 1911/12 y que desencadenó aquella tormenta interior. Protegido por la princesa Marie von Thurn und Taxis, una de sus protectoras, halló en aquel paisaje que miraba el mar Adriático desde el borde de un acantilado sosiego y temple para iniciar un manantial que no cesa. Aquella fortaleza del siglo XIV le aupó y le zarandeó. "Voces, voces. Escucha, corazón mío, como antiguamente/ solo escuchaban los santos".

El libro lo terminó el 11 de febrero de 1922, a las seis de la tarde, tal y como escribió en dos cartas a Lou Andreas-Salomé y a la princesa y protectora Marie von Thurn und Taxis, aún excitado, cuando "todavía [le] tiembla la mano". En esa década de reescritura por ciudades como París, Venecia, Múnich y Ronda la vida de Rilke, siempre de un lugar a otro, una metáfora de búsqueda interior, de comprensión, ha ido asimilando la tragedia que supuso la Primera Guerra Mundial, sus escasas semanas como soldado del ejército austríaco y su ruptura con Rodin. "Para quienes siempre quieren en el poeta una vena social o comprometida, Rilke está en sus antípodas, porque parece el poeta de la torre de marfil. Y, sin embargo, el gran buscador del espíritu vivo buscaba lo más profundo y excelso de la condición humana", escribe Luis Antonio de Villena en este libro. Por eso, por su hondura, por su enigmático esplendor, Elegías de Duinosigue vigente casi un siglo después.
En Cartas a un joven poeta, el librito que reúne los consejos que Rilke envió al joven cadete y aspirante a poeta Franz Xaver Kappues, se lee en un fragmento fechado el 5 de abril de 1903 pero que ya anuncia la temperatura que poseía el autor de, también, los Sonetos a Orfeo: "Busque lo hondo de las cosas. Allí no desciende la ironía. Y si la lleva al límite de lo grandioso, compruebe si esa forma de comprensión surge de una necesidad de su ser. Porque, bajo la influencia de lo que es serio, le abandonará (cuando sea fortuita) o, de lo contrario (si pertenece verdaderamente a algo nacido en su interior), se fortalecerá como una herramienta muy firme que usted pondrá entre los medios con los que configurará su arte".

"El ángel de las Elegías no distingue entre el reino de los muertos y el de los vivos; en su seno están -invisibles, en el estado más puro de la interiorización- la totalidad de las obras del hombre, las del pasado como las del futuro", escribe el profesor y traductor Eustaquio Barjau en la edición de Cátedra, una de las canónicas de este poemario.

Hay que recordar que la Elegía VI la comenzó Rilke en Ronda, en el invierno de 1913, la que empieza así: "Higuera, hace cuánto tiempo ya que me importa/ cómo te saltas la floración casi por completo,/ y sin alardes, en el interior del fruto prematuramente decidido,/ introduces tu puro misterio", según la traducción de Chritoph Ehlers. Ese viaje también le llevó por Córdoba, Sevilla, Madrid y Toledo, desde donde escribió en una carta a su princesa: "una ciudad del cielo y de la tierra, pues realmente está en ambos; una ciudad que va a través de todo lo existente".

La poesía de Rilke supone una introspección en sí mismo, rastrea su intimidad a través de las cosas. No es fácil pero sí atractiva y atrayente. Ha de atenderse a lo que sugiere más que a lo que dice. Sus palabras, más que descifrar, acompañan. Su apuesta supone un sendero entre la niebla. Hay que dejarse envolver entre su fuego sin llama. Y regresar una y otra vez hasta acomodarse en su música. Comienzo de la segunda elegía: "Todo ángel es terrible. No obstante, ¡ay de mí!,/ a vosotros os canto, aves del alma casi mortíferas, sabiendo lo que sois".

"La poesía de Rilke", escribe en otro párrafo Antonio Lucas, "es una de las más esquivas al paso del tiempo. Tiene el haz atávico de la palabra fundadora y el envés intemporal y auténtico de lo que aún está por nombrar. De ahí su rebeldía. De ahí su revelación. De ahí, desesperadamente, su amenaza".
Rilke, siempre inquieto, siempre en búsqueda, siempre atento, dejó como epitafio estas palabras que se grabaron en una lápida de la iglesia de Raron, un pueblecito tranquilo del Valais suizo, enfermo de leucemia: "Rosa, oh contradicción pura en el deleite/ de ser el sueño de nadie bajo tantos/ párpados".

Esta edición de Rilke forma parte de la colección Poetas y ciudades que Pedro Tabernero inauguró con Poeta en Nueva York de García Lorca, siguió con Diario de un poeta recién casado de Juan Ramón Jiménez y ha continuado con libros de Vicente Aleixandre, Jorge Luis Borges, Pedro Salinas, Luis Cernuda, Pablo Neruda, Octavio Paz, Caballero Bonald y Antonio Machado.